Entonces no sabía qué escribir, simplemente tomé mi libreta, un lapicero, me senté y comencé a escribir la mejor historia contada que a alguien se le pudiera ocurrir. Las horas pasaron, el sol ya se ocultaba y mi estómago pedía por comida; pero no me importó, yo seguía escribiendo. Hojas y hojas llenas de palabras, parecía que no había nada más en el mundo más que el papel y yo.
Mi historia era sobre un amor imposible lleno de pasión, venganza, lujuria, amigos, enemigos, traición. . . Habían muchas ideas en mi cabeza: tantos personajes por describir, tantos lugares que inventar. Nada me detenía. Por fin cuando la noche se hacía vieja mi subconsciente me dijo que me tenía que ir a dormir pues mañana me tendría que levantar temprano. Realmente no pude dormir muy bien pues las ideas aún me brotaban de la cabeza. De alguna forma pude conciliar el sueño.
Al día siguiente mi alarma sonó y saber el por qué me levanté de mi cama, me vestí, desayuné y me alisté para ir a la escuela.